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jueves, 18 de septiembre de 2014

Loa días que siguieron a nosotros

Abandono lento. Lentísimo, una palabra menos tras otra. Abandono que se acuesta bajo una supuesta cortesía y corroe los huesos de lo que nos soportaba. No lo soportábamos. Eramos así de felices, y así de felices perdimos hasta los huesos. Dejamos de ser en un momento de solemne complicidad de ser uno y otro. No teníamos el cuerpo restringiendo la sangre que fluía. Nos desarmamos en éxtasis para luego ceder ese abandono de maravillosas mandíbulas, férreo, cruel. Y permitido entre nuestra inconciencia. La tuya por sobre todas, la tuya por sobre todas las otras cosas que he hecho por vos, todo lo que pude dejar. No puedo evitar culparte, cierto o no. No puedo evitar la tristeza de saber que me fuiste dejando de a poco, lentamente.
 Abandono que no nos preocupó que fuera un pérdida inexorable, destrozado que nos estaba convirtiendo en mentirosos. No podía confesarte mis ganas irrefrenables de que me vieras, me parecían indignas y enfermisas. Perdí mis palabras, todo abandonado detrás de nosotros. Hasta el hueco entre nosotros cuando dormimos estaba las tibio que las esquinas.
 Abandonamos todo, lo reconocimos. Pero aún siento que cuando admitimos el abandono, no había nada para dejar. Vació hasta nuestra inconciencia.


 Te extraño. Pero no podrías volver a ser lo mismo, ni el mismo. Ni yo. Ni nada. Es todo.

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