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miércoles, 25 de febrero de 2015

Humanos muy humanos

¿Si la feminidad y la masculinidad se fabrican, entonces que son?
 Al margen de la pregunta que ha sofocado a la humanidad durante siglos (casi desde su inicio) la respuesta despuntó recién en el siglo XX con la definición de qué era una mujer.
 Y así como el mundo, recién casi a mis veinte años surge la pregunta. Y hago revisionismo de mi vida y las culturas, la literatura, la música, la calle misma que expone en su rutina el mundo que la acobija. Cualquier escenario es bueno para poder exponer que es una persona y en que radica la diferencia entre hombre y mujer. No considero a la diferencia algo malo: ni la mujer ni el hombre ni intersexuales o la gran variedad de géneros que hay, deberían ser motivos para clasificar los mejores y los peores; los más capaces y los menos. El problema tiene su génesis en qué es lo mejor y qué es lo peor, lo más inteligente, más ilustrado, más preparado.
 Me gusta la sombra que rodea los ojos femeninos, el misterio que conlleva ser mujer y mi propio misterio proyectado en las otras féminas. Me gusta la franqueza de una boca masculina, no importa si el razgo parece insinuar que es de mujer: labios gruesos o finos, entre abiertos o apretados: la boca franca como si fuera a tirar un insulto o una rosa, la impredisibilidad que amaga en el gesto. La belleza de las muñecas tensas contra el pasamanos. La firmeza de los tobillo y sus decoraciones múltiples, pulseras, tatuajes, medias. La cadera femenina en un balanceo, la masculina como una continuidad del torso. El contraste divino y el gesto personal que envuelve la circunferencia de una cadera.
 Te quiero y te hago una hermana a la cual el desenrriedo los rulos y te beso y te hago un ser querido y te dejo y te hago un amigo y te comento mis chismes y te hago una amiga. Cuando me tenes compasión de mis dolores físicos como un hermano y cuando escucho tus quejas como una madre. Cuando podemos movernos del rol preestablecido sin dejarnos acaparar el todo, mantenemos la riqueza de como somos y como nos queremos. Los celos me parecen inadmisibles aunque me los confesaste ¿Cómo podes estar celoso de alguien a quien apena conozco? No puede ser todo esto. Es la maravilla humana.

sábado, 21 de febrero de 2015

Un recreo

Te extraño. Pero te extraño de un modo muy particular: entre las piernas, en la boca, en los pechos. Te extraño ahí. Espero a que vuelvas para poder hacerte de nuevo.
 La ensoñación de las tardes me lleva a tomarte en la mente de nuevo. Las manos bajan. La piel palpita, todo queda sensible, dispuesto. Siento el placer lúbrico, recuerdo de tu placer, primera vez que disfruto de verdad en las manos ajenas.
 El orgasmo es sólo un límite ridículo que podemos destruir. Nos vamos a reventar la carne. Y creo que te quiero.
 Cuando estamos juntos, tengo más esperanzas.
Cuando estamos juntos, tengo menos tiempo.
 Cuando estamos juntos, todo es la longevidad de un segundo.

domingo, 15 de febrero de 2015

Crónicas sexuales IV: Sensualidad asexual

 La norma era simple: ser deseable. Cuando tenes 15 años, la idea de tener la experiencia del noviazgo se torna protagonista. Poder enamorarse, ver que tan maravilloso o devastador es el amor. Pero el amor entra primero por los ojos (o los oídos) o al menos es la manera mas rápida de hacer que entre. Esta idea falsa y retorcida la llevabamos todas a cabo cada  vez que salíamos.

 Comenzamos con las polleras, escotes, jeans ajustados. Siempre me aconsejaron mis amigas de que sacara partido de mi cuerpo, pero los chico que se me acercaban tenían siempre los mismos argumentos (que linda que sos, sos muy tierna, atractiva, hermosa, etc). El juego me aburría, pero lo hacía.

 Pero cuando tuve sexo por primera vez (bastante tiempo después) no se lo dije a nadie. Fue un secreto vergonzoso que no quería que se supiera, porque ellas eran amigas de mi novio y si lo sabían, me mirarían con esa cara picaresca innecesaria. No lo dije porque ya no era la chica que se vestía provocativa y mi sexualidad no encajaba con mi sensualidad, aparte de los inevitables cuestionamientos de lo que hacía y lo que no, y la justicia de si "era sexo o no" o si "era un asco o no".


 La idea era simple: ser sensuales no sexuales. La menstruación y el embarazo son periodos asexuales porque aparentemente no tienen relación directa con el sexo o el deseo (????). El deseo sexual  en una madre es algo que a los ojos del mundo debe ser secularizado, el deseo reducido, la meta cumplida. La menstruación es un momento de luto y dolor, abstinencia, en lugar de un encuentro con el organismo y el ciclo que se acarrea durante un mes. No se es sexy en esos momentos.

 La sensualidad como provocación, no para sentirnos lindas con nosotras mismas, porque nuestra autoestima debe fundarse en lo que los otros digan; nos enseñan a tener la belleza como un regalo para el otro antes que para nostras y la sexualidad para ser explorada por una mano ajena. Y tu ropa dice como sos. Así que si te vestis así, mas te vale que o no hagas nada, o hagas todo: ser una de esas tímidas coquetas o ser de esas mujeres que desean a todos los hombres, a tu novio también, esas mujeres que no tienen amigas (una exageración de ambos estereotipos que he visto muy amenudo)

 Podemos ser sensuales y ser "decentes". La mujer sensual y sexual en general tiene un sobrenombre que se considera denigrante: Puta. Una mujer que vive la sexualidad abiertamente es un gato que no tiene derecho a decir que no (Por que si ya estuvo con muchos, ¿Uno más que le hace?).

 La sexualidad exploarada es un tema escabroso (cada vez menos) y la promiscuidad te hace menos digna de amor. Medir tus propios parámetros para los otros y no confesar nunca el incoformismo sexual: tocarte mientras tenes sexo, usar geles o vibradores; pareciera ser algo denigrante para tu hombre (¿Qué no te basta conmigo?), en lugar de enriquecer la experiencia.

 Ser como se quiera, cuando se quiera y porque se quiera.

sábado, 7 de febrero de 2015

El hombre nuevo




Me preocupa la persecución de la orginalidad en nuestra época: todo debe ser saturadamente novedoso, saturadamente despegado del pasado: revolución y lucha, desde un monitor  o un Ipod. Todo vale en esta fuga desesperada y llega a su efecto contrario y desconcertante: todo se vuelve viejo, todo remite a lo viejo pero empeorado o se vuelve vacuo. Y lo necesitamos, pareciera que lo necesitamos.
 Y luego, la raíz rechazada aparece sutilmente: los pensadores clásicos, sus poemas y sus fragmentos mantenidos a través de los siglos. La teoría de las cuerdas y su similitud con el Logos (unión) de Heráclito; la física tratando de desentrañar lo mismo que se intentó desentrañar desde hace siglos.  Parece inevitable escapar del encanto de la antigüedad, la certeza que anida el origen del pensamiento occidental: las verdades antiguas son las que con más firmeza se afianzan en nuestra vida cotidiana. Incluso aunque seamos inconcientes, está en nuestra cultura, latente, la verdad antigua.
 Entonces aparece la revelación en/con/de/en contra del arte, y miro con temor como se desgasta la necesidad de explorar al ser humano y al mundo y se enfoca en despegarse de las raíces que lo sujetan. ¿El resultado?



 Entrar en el mundo sin las raíces como una revelación salvaje. Y convertir el arte en nombre de este salvajismo supuestamente rejuvenecedor, en un mercenario. ¿De que tratamos de escapar en este intento por buscar lo nuevo, lo descomunalmente nuevo y rejuvenecedor?  
 Thales hablando de cómo todo se rige por un orden oculto (llámese átomos) y la poesía de Heráclito poniendo en emergencia el lenguaje: 
B 10DK/25M:
"... de todas las cosas, uno,
y de uno, todas las cosas"



viernes, 6 de febrero de 2015

Insomnio 9



  Yo amé a un hombre una vez, pero a vos, a vos te quería por sobre todas las cosas, y ahora te digo con desgano, sin ningún ánimo de ofender porque para mí no es nada ofensivo: simplemente es un nombre que agudiza los oídos, y llama la atención. Y te lo digo burlando el insulto, y te lo digo enojada: Puta, yo te quería. Y me dejaste. Y apelo a tu indiferencia para denigrarte fallidamente con el insulto: Puta, aunque seas casta. Quiero dejar los pretextos y las explicaciones; quiero lastimarte un poco como enfermiza manera para que me des atención. Puta, yo te quería.
  Y ahora me es indiferente (¡Mira el palacio indulgente que nos hemos hecho!) si me dejas o no. quizás me hiere ver la rapidez con la que se diluyen las promesas adultas. Él te va a querer más supongo. Pero estoy segura de que te va a decir Puta, alguna vez. Y esa vez va a ser la última, porque aunque te quise y me lastimaste, nadie te va a decir puta, con una intención inofensiva y patéticamente desesperada. Es contradictorio y me jacto de decir que es humano. Que hablábamos de todo y ahora, pareciera darte asco estar juntas y el tedio fuera un bálsamo para nuestros días agitados. Tu madre no me quería. La mía te consideraba pusilánime.
 Eramos amigas, puta, y la única que se lamenta es F, quién esta por ahí lloriqueando por lo que eramos. Y quizás no fuimos nada más que compañeras que pasaron el tiempo juntas, haciendo llevadero el aburrimiento. Ahora nos toca ser adultas, y la adultez me suena a una prepotencia absurda, colmada de sarcasmos.
 Pero si un día me necesitas, a pesar de todo el tiempo que me dejaste sola, y que rompiste esa armonía juntas, a pesar de eso, voy a estar ahí para decirte: Puta, va a ser facilísimo quererte de nuevo.