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sábado, 7 de febrero de 2015

El hombre nuevo




Me preocupa la persecución de la orginalidad en nuestra época: todo debe ser saturadamente novedoso, saturadamente despegado del pasado: revolución y lucha, desde un monitor  o un Ipod. Todo vale en esta fuga desesperada y llega a su efecto contrario y desconcertante: todo se vuelve viejo, todo remite a lo viejo pero empeorado o se vuelve vacuo. Y lo necesitamos, pareciera que lo necesitamos.
 Y luego, la raíz rechazada aparece sutilmente: los pensadores clásicos, sus poemas y sus fragmentos mantenidos a través de los siglos. La teoría de las cuerdas y su similitud con el Logos (unión) de Heráclito; la física tratando de desentrañar lo mismo que se intentó desentrañar desde hace siglos.  Parece inevitable escapar del encanto de la antigüedad, la certeza que anida el origen del pensamiento occidental: las verdades antiguas son las que con más firmeza se afianzan en nuestra vida cotidiana. Incluso aunque seamos inconcientes, está en nuestra cultura, latente, la verdad antigua.
 Entonces aparece la revelación en/con/de/en contra del arte, y miro con temor como se desgasta la necesidad de explorar al ser humano y al mundo y se enfoca en despegarse de las raíces que lo sujetan. ¿El resultado?



 Entrar en el mundo sin las raíces como una revelación salvaje. Y convertir el arte en nombre de este salvajismo supuestamente rejuvenecedor, en un mercenario. ¿De que tratamos de escapar en este intento por buscar lo nuevo, lo descomunalmente nuevo y rejuvenecedor?  
 Thales hablando de cómo todo se rige por un orden oculto (llámese átomos) y la poesía de Heráclito poniendo en emergencia el lenguaje: 
B 10DK/25M:
"... de todas las cosas, uno,
y de uno, todas las cosas"



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