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domingo, 22 de marzo de 2015

Crónicas Sexuales V : Los fines de la virginidad (parte I)

 La primera vez que oí a una chica contar de su primera vez, nombró la obligatoria rotura del himen y luego una sensación agradable. Otra dijo que tenía que morder la almohada para no gritar. Una incluso le pidió a su novio que parara y éste le respondió "Ya llegué hasta acá, no puedo quedarme así" y siguió bajo el consentimiento manipulado de ella. Otra que no lo disfrutó. Y todas tenían la garantía de que mejoraría luego. Me molestaba esa negación del placer en la primera vez y la sádica idea de que como ceremonia de iniciación debía doler.
Pocas cosas capturaban más la atención en el secundario  que hablar sobre la pérdida de la virginidad. Los exámenes y los eventos de hace cien años no se compraban con los misterios que encarnaba para las vírgines el proceso. Y el proceso tenía un ley que me atemorizaba: dolor. La primera vez dolía a las chicas y no a los chicos, eso explicaba la resistencia de algunas y la desfachetez de otros (teoricamente).
 Nunca nos hablaron en mi colegio muy bien de que pasaba. Y yo tenía una idea más o menos vaga. Cuando crecí un poquito más, me di cuenta de que tenía más claro como las lesbianas tenían sexo  que los heterosexuales. Yo veía lo que había afuera y me parecía suficiente.
  Para las chicas, los 15 años era la línea de arranque. Llegar a esta edad sin ser besada, era una vergüenza ¿Por qué nunca has tenido novio? Preguntaban y la excusa "no se me canta" no era válida. Había que tener algo de zorra, pero siempre respetando el límite y contradictoriamente asintiendo ante la frase "ella es una calentadora". Estas hipocresías me tenían muy mareada. Y esta primera vez, de preferencia con alguien que te quisiera, porque así se iba a preocupar por tu bienestar.
Mientras, con quince años, recién estaba investigando por mí misma las intrínsecas experiencias que podía sentir y así cuando viniera el momento de perder la tarjeta V, sabría que pedir. Y esto se contradecía con mi supuesta condición de pureza.
 Me di cuenta de esto con algunos comentarios simples, diciendo que pedir más era de desesperada, de loca, de ninfa. Qué el sexo tenía un límite de satisfacción y que si estaba cansado  era latoso pedir más. Un amigo me resumió la situación en una frase "acabé yo, acabó el mundo" Y era un tanto así, como me enteraba. Las chicas sentía vergüenza a la luz, a las otras formas de sexo, a ser tocadas, a pedir. El sexo era la manifestación más pura de cómo nos habían educado. Y me reventaba: me reventaba de rabia no poder gozar y que mi goce tuviera algo de impuro, de sucio, de fluídos, de gritos, de un gesto de dolor en el rostro. Sí, el placer femenino era abyecto, misterioso, inexistente y obligatorio.
Todo era una combinación de contradicciones asfixiantes. Te debía gustar con el paso del tiempo. Superado el dolor de la primera vez, debía de ser agradable sino ¿Qué es lo que anda mal? No se comentaban en el aula técnicas de masturbación o cómo pedir que se acaricie en el punto justo. Ni siquiera muchas chicas sabían que existe la uretra diferenciada de la vagina. La ignorancia nos dejaba a merced de nuestra insatisfacción  y la resignación. El sexo hecho lúdico tenía algo de pecado denigrante. Lástima.

1 comentario:

  1. Si tienes mucho sexo, malo. Si tienes poco sexo, malo. Además, cuando se tiene, hay que saber follar bien; pero a ver a qué le llamas tú follar bien...

    El sexo y el erotismo, que se supone que es una de las cosas más íntimas que podemos experimentar, se ha convertido en algo público, criticable y criticado por cualquiera.

    Y por desgracia, en eso (también) las mujeres salís perdiendo aún más que los hombres.

    Un abrazo!

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