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sábado, 29 de agosto de 2015

Crónicas sexuales VI: Lo que quiero



La primera vez que hice lo que quise, no sentí vergüenza. Pero tuve que fingirla. Era un elemento necesario que le daba crédito a la idea de inocencia. Debí sonrojarme ligeramente o negarme a alguna que otra cosa: normas de pudor que jamás tuve y gestos de vergüenza que me parecieron ridículos. Pero a él no. Mientras él estaba ahí, mi cabeza se poblaba de amantes inventados, hechos y perdidos, de carne trémula y cansancio.
 No mentí, pero era aburrido, el tiempo era consiente.
 Al final, agradecí que no fuera tanto mi hastío, pero sí lo era el hastío de mi compañero. Nada. Me tumbé esperando.
  Había encontrado más emoción conmigo misma. Había muchísimas cosas por inventar y a las que hacerse, pero en lugar de ello, me tuve que convencer de que eso era lo mejor. La entrega era una especie de esclavitud. Era una esclavitud que no quería, las cosas se hacían por culpa o por mandato, pero no me complacía la orden, me aburría, me humillaba. Y lo inventé todo como un cuento o como algo normal. Al fin y al cabo, mis amigas contaban cosas parecidas de sus novios.
 Nunca le pregunté porque descuidaba tanto mi placer. Por qué le importaba tan poco. Al fin y al cabo, no tenía obligación de hacer nada, pero si hubiera hecho yo hubiera hecho más y las cosas habrían funcionado. Por suerte no duró tanto como para amargarme y olvidarme de que existen muchas personas que son más generosas.

martes, 11 de agosto de 2015

La primavera temprana

 No pertenecer(le). La ausencia de quién ser parece ser menos aburmadora de lo que es. La sensación de desarraigo y libertad desentrañada ante nosotros. Animal salvaje que ha sucumbido con el pecho abierto de exalaciones a nuestra ansiedad de ser "Libres". Sientan el perfume oxidado que emana su muerte prematura, prematura como la primavera en el sur.
 Y se ven las angustias que se exalan en una fiesta vacía, como un espectador banal de la separación del hombre de sí mismo para ser un "Nostros". Y ver la ansgutia que esto supone sin amigos, sin novios, sin amantes, sin compañeros. Todo es demasiado nuevo, se consumen solos, consumen para ellos y se protegen sin darse cuenta. No hay malicia, pero la acción íntima se restringe.
Por eso el alcohol es el sociabilizador por excelencia. Olvidamos la pertenencia abrumadora a unos para ser de todos y poder contar con naturalidad una dolencia, un secreto, una alegría. Es un retornar a la infancia antes de que el alcohol retorne a la boca. Me gustaba su inocencia. Me conmovía tanto que quería besarla. Y ella se balanceaba se adormecía, se estremecía mientras contaba. Y luego a dormir de nuevo. Y luego ese vacío de espectadora de la pertenencia.
 No pertenecía a ese lugar. Mis amigos eran lejanos vistos a através de la gente. Eran amables, eran divertidos conmigo, pero a mi me faltaban los años que ellos habían compartido. Y mis antiguos a migos no podían continuar siendo esos amigos. Habíamos perdido por nuestras decisiones lo que habíamos hecho. No eramos esos amigos o quizás yo no pueda tener más esos amigos. Pero vuelve esa sensación de no pertenecerle ni siquiera a mis intereses o pasatiempos.
 Los amigos se van volviendo extraños.