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sábado, 29 de agosto de 2015

Crónicas sexuales VI: Lo que quiero



La primera vez que hice lo que quise, no sentí vergüenza. Pero tuve que fingirla. Era un elemento necesario que le daba crédito a la idea de inocencia. Debí sonrojarme ligeramente o negarme a alguna que otra cosa: normas de pudor que jamás tuve y gestos de vergüenza que me parecieron ridículos. Pero a él no. Mientras él estaba ahí, mi cabeza se poblaba de amantes inventados, hechos y perdidos, de carne trémula y cansancio.
 No mentí, pero era aburrido, el tiempo era consiente.
 Al final, agradecí que no fuera tanto mi hastío, pero sí lo era el hastío de mi compañero. Nada. Me tumbé esperando.
  Había encontrado más emoción conmigo misma. Había muchísimas cosas por inventar y a las que hacerse, pero en lugar de ello, me tuve que convencer de que eso era lo mejor. La entrega era una especie de esclavitud. Era una esclavitud que no quería, las cosas se hacían por culpa o por mandato, pero no me complacía la orden, me aburría, me humillaba. Y lo inventé todo como un cuento o como algo normal. Al fin y al cabo, mis amigas contaban cosas parecidas de sus novios.
 Nunca le pregunté porque descuidaba tanto mi placer. Por qué le importaba tan poco. Al fin y al cabo, no tenía obligación de hacer nada, pero si hubiera hecho yo hubiera hecho más y las cosas habrían funcionado. Por suerte no duró tanto como para amargarme y olvidarme de que existen muchas personas que son más generosas.

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