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lunes, 24 de octubre de 2016

Ese secreto amigo

Hace exactamente 5 meses y 20 días que no tomo alcohol.
 Es sumamente difícil. Y vergonzoso.
Mi relación con el mismo es amorosamente difícil. Lo extraño. Sin embargo, los efectos positivos de los antidepresivos y lo antipsicóticos me hacen dudar de mis ansias por volver a beber. Nunca me había sentido tan bien: concentrada, relajada, satisfecha. Incluso mis estudios fueron mejor en estos tiempos que estuve medicada. Hago todo en la mitad del tiempo y con mayor concentración. Ya no tengo problemas para dormir.
¿Entonces, para qué querer volver a ese infierno de dolores de cabeza, una garganta hinchada, y una pérdida de conciencia prematura? Eso es lo que no me explico. La última vez (digamos, que toqué fondo) terminé tan mal que no podía ni caminar hasta el baño para vomitar. Y me ví  a mí misma, sola, absolutamente sola, pudiendo morirme de la cantidad de alcohol que había tomado (algo así como una botella de vino en quince minutos). Pero ahora, por momentos pienso que iniciar el tratamiento psiquiátrico fue una mala idea, ya que implica no poder tomar absolutamente nada de alcohol.
No extraño las fiestas. Para mí nunca fue sinónimo alcohol y fiesta. Para mí el alcohol es algo privado, para mis momentos tristes. Para celebrarme. El alcohol es una cosa mía, muy mía. Y sí, sabía que me iba a costar dejarlo.
Por otro lado, lo pienso y no creo ser una alcoholica. Los alcóholicos pierden familias, empeñan las joyas de sus abuelas, terminan tirados en la calle sin saber quienes son. Yo no hice nada de eso. El alcohol no me sacó nada. Al contrario. Me dio momento buenísimos para recordar. Era mi escape. Ahora no tengo nada más que hacer que (crecer) y enfrentar mis temores y angustias. No enloquecí al dejarlo. Sólo siento que me falta una parte de mí.
A pesar de todo, no, yo no tengo un problema.




Por Lucía



Hace unos días hubo en mi país lo que se llamó "paro de mujeres". El objetivo era  cesar la actividad desde las 13 hasta las 14 para marchar exigiendo que paren los femicidios.  El detonante fue el caso de ua chica de 16 años que fue drogada y abusada y asesinada por empalamiento. La brutalidad del crimen la hizo un triste ícono de una realidad: es peligroso para una ser mujer.
 No quiero irme a extremos, plantear que los hombres son todos posibles violadores o que existe cosa tal como el feminazismo (prefiero llamarlas fanáticas/os  desinformadas/os). Lo escencial de este caso es que muestra que más que preocuparnos por el muerto nos preocupamos por nosotros mismos. En el mejor de los casos nos preocupamos por los que quedan. Lo que queda de esa chica es un caso terrible, una muestra a la cual nos aferramos para exigir (esto no se debe pedir) que cambie la realidad.
Esta chica (no me parece prudente usar su nombre dado lo delicado de su caso) es más que un asesinato. Es la realidad de una generación, las dificultades de las generaciones pasadas y los riesgos de las generaciones futuras. Personalmente, el caso me parece ejecutado por dos enfermos, dos personas de una perversidad increíble. Aún así, más allá de lo extraordinario de su muerte, podemos ver las mismas modalidades aplicadas una y otra vez. Nadie parece estar impune.
Resultado de imagen para feminismo
  Yo soy una afortunada, nunca sufrí algun tipo de violencia por mi género. Pero mi madre, mi mejor amiga, la prima de una compañera, amigas de la facultad, ellas no fueron afortunadas. Y mi fortuna es tal por el momento, porque así como soy una afortunada, esto puede cambiar rapidamente.