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lunes, 24 de octubre de 2016

Por Lucía



Hace unos días hubo en mi país lo que se llamó "paro de mujeres". El objetivo era  cesar la actividad desde las 13 hasta las 14 para marchar exigiendo que paren los femicidios.  El detonante fue el caso de ua chica de 16 años que fue drogada y abusada y asesinada por empalamiento. La brutalidad del crimen la hizo un triste ícono de una realidad: es peligroso para una ser mujer.
 No quiero irme a extremos, plantear que los hombres son todos posibles violadores o que existe cosa tal como el feminazismo (prefiero llamarlas fanáticas/os  desinformadas/os). Lo escencial de este caso es que muestra que más que preocuparnos por el muerto nos preocupamos por nosotros mismos. En el mejor de los casos nos preocupamos por los que quedan. Lo que queda de esa chica es un caso terrible, una muestra a la cual nos aferramos para exigir (esto no se debe pedir) que cambie la realidad.
Esta chica (no me parece prudente usar su nombre dado lo delicado de su caso) es más que un asesinato. Es la realidad de una generación, las dificultades de las generaciones pasadas y los riesgos de las generaciones futuras. Personalmente, el caso me parece ejecutado por dos enfermos, dos personas de una perversidad increíble. Aún así, más allá de lo extraordinario de su muerte, podemos ver las mismas modalidades aplicadas una y otra vez. Nadie parece estar impune.
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  Yo soy una afortunada, nunca sufrí algun tipo de violencia por mi género. Pero mi madre, mi mejor amiga, la prima de una compañera, amigas de la facultad, ellas no fueron afortunadas. Y mi fortuna es tal por el momento, porque así como soy una afortunada, esto puede cambiar rapidamente.

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